Afganos huyen de sus casas por temor a los bombardeos de EEUU

Fuente: “Afghan villagers flee their homes, blame US drones – Yahoo! News”

Apenas capaz de andar con la ayuda de un bastón, Gulam Rasul le puso un candado a la puerta de su casa y le entregó las llaves y sus tres vacas a un vecino antes de huir de su hogar, en plena noche, para ponerse a refugio de los bombardeos de los aviones no tripulados de EEUU que tratan de aniquilar a militantes islamistas en este rincón remoto y montañoso de Afganistán.

Rasul y los aldeanos afganos les llaman a estos aviones bengai, que en lengua pashtún significa el zumbido de las moscas. Al explicar el ruido, arrugan sus caras e intentan imitar el ruido que hace un ejército de moscas.

“Son cosas malas que vuelan tan alto que no se ven, pero los oyes continuamente”, dice Rasul, cuyo cuerpo está encorvado y encogido por los años y su voz apenas es más alta que un susurro. “Noche y día oímos este ruido y luego empiezan los bombardeos”.

El ejército de EEUU depende cada vez más de los ataques con aviones no tripulados dentro de Afganistán, donde el número de las armas disparadas desde aviones no tripulados pasó de 294 en 2011 a 506 el año pasado. Puesto que las fuerzas de combate internacionales se retirarán a finales del año próximo, estos ataques son utilizados cada vez más para cometer asesinatos selectivos y menos para apoyar a las tropas de tierra.

No está claro si los ataques con los aviones Predator seguirán después de 2014 en Afganistán, donde el gobierno se ha quejado amargamente por las muertes de civiles. Los ataques matan a veces fortuitamente a civiles, mientras obligan a otros a abandonar sus hogares por miedo, alimentando un extendido sentimiento antinorteamericano.

En una de las escasas coberturas informativas realizadas en el terreno sin compañía militar o de fuerzas de seguridad, Associated Press visitó dos aldeas afganas de la provincia de Nangarhar, cerca de la frontera con Pakistán, para hablar con los residentes, que dijeron que habían sido afectados por los ataques aéreos.

En una aldea, los habitantes dijeron que la versión de la OTAN de que un ataque con aviones no tripulados había matado a cinco militantes era falsa. En otra, una escuela había sido destruida por un bombardeo aéreo contra combatientes talibanes que se habían refugiado en su interior.

“Estos extranjeros han traído problemas”, dice Rasul refiriéndose a las tropas internacionales. “Tienen su propio país. Deberían irse”.

Desde la perspectiva de EEUU, el programa de los aviones no tripulados ha sido un éxito.

Aunque es el Pentágono el que dirige los ataques con aviones no tripulados en Afganistán, la CIA lleva casi una década utilizando estos aviones para matar militantes, incluyendo afganos, en las regiones fronterizas de Pakistán. Los aviones de la CIA han matado, por ejemplo, al número dos de Al Qaeda Abu Yahya al-Libi y otros líderes extremistas.

Sin embargo, las críticas contra el uso de estos aviones no tripulados para cometer asesinatos selectivos han crecido en todo el mundo en los últimos meses. El Relator Especial de la ONU sobre Antiterrorismo y Derechos Humanos ha lanzado una investigación sobre sus efectos en la población civil.

Rasul dice que su decisión de dejar su casa en el distrito de Hisarak se produjo casi un mes después de un ataque que mató a cinco personas en la aldea vecina de Meya Sahib.

La Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés), dirigida por EEUU, confirmó un ataque aéreo en Meya Sahib el 24 de febrero, pero, siguiendo la política oficial en estos casos, no confirmó ni negó que los aviones no tripulados fueran empleados.

Rasul dice que él, su hijo, media docena de nietos y otras dos familias se hacinaron en la parte posterior de un carro tirado por un tractor. Condujeron durante todo el día hasta que encontraron una casa en la Aldea de la Familia Jalis, cuyo nombre se debe al líder anticomunista Maulvi Yunus Jalis, que tuvo estrechos vínculos con Al Qaeda.

La aldea no está lejos de la cordillera de Tora Bora, donde en 2001 la coalición dirigida por EEUU montó su mayor ofensiva contra Al Qaeda y los combatientes talibanes.

“Ya nadie viene aquí. Es peligroso a veces debido a los talibanes”, dice Zarulah Jan, un vecino de Rasul.

Pero Rasul ignoraba la importancia histórica de su refugio.

“¿Quién es Jalis? Nos detuvimos cuando encontramos una casa que se alquilaba”, dice Rasul mientras se queja de los 156 euros mensuales que tienen que pagar entre las tres familias que se amontonan en la casa.

Cerca de nosotros, un nieto de Rasul de 12 años, Ahmed Shah, recordaba el ataque de Meya Sahib. La tierra tembló durante horas y, a la mañana siguiente, sus amigos le dijeron que había cadáveres en ese pueblo. Con un poco de miedo y mucha curiosidad, anduvo la corta distancia que le separaba de Meya Sahib.

“Quería ver los muertos”, dice. Y los vio: tres cadáveres, todos de hombres de mediana edad.

ISAF dijo que habían muerto cinco militantes, pero Rasul afirma que eran hombres de negocios. Uno de los muertos tenía una tienda de alfombras en la aldea, dice.

Las polémicas sobre las identidades de los fallecidos ha sido un sello distintivo de esta guerra de 12 años.

Una investigación realizada por AP el año pasado en Pakistán descubrió que los ataques con aviones no tripulados estaban matando menos civiles que los que creían muchos en ese país y que, en realidad, muchos de los muertos eran combatientes.

En Afganistán, la ONU ha informado que cinco ataques con aviones no tripulados llevados a cabo en 2012 causaron víctimas civiles: 16 muertos y tres heridos. Además, informó de la existencia de un único caso en 2011 en el que se produjeron víctimas civiles.

En el otro extremo de la provincia está el pueblo de Budyali. Para llegar allí hay que conducir por una carretera de dos carriles que, frecuentemente, se ha convertido en una trampa de los militantes, antes de que se convierta en una pista polvorienta y estrecha hasta cruzar, finalmente, el pedregoso lecho de un río.

Un residente de Budyali, Hayat Gul, dice que el ruido de los bengai es algo habitual en el pueblo. Dice que fue herido hace casi dos años en un enfrentamiento entre talibanes y fuerzas de seguridad afganas en una escuela cercana, que terminó con un ataque aéreo.

Situada a la sombra de una gran montaña, surcada por docenas de sendas, la escuela está ahora en ruinas.

El ataque contra la escuela tuvo lugar el 17 de julio de 2011, después de que los talibanes atacaran las oficinas centrales del distrito y el ejército nacional afgano solicitara la ayuda de los aliados.

Gul dice que él y otro policía, Gulam Ahad, de 63 años, estaban durmiendo en la pequeña casa de cemento de la comisaría, en un extremo de la escuela. Les despertó el ruido de los disparos, cuando más de una docena de militantes talibanes escalaban los muros de la escuela a medianoche, perseguidos por soldados afganos.

Una bala le dio en el hombro a Gul. Asustado y sin saber qué hacer, Ahad salió de la comisaría y cayó muerto. Los agujeros de las balas todavía son visibles en el edificio, a pesar de su deteriorado estado.

Los ancianos del pueblo y el director de la escuela, Sayed Habib, dicen que las fuerzas de la coalición respondieron a la solicitud de ayuda del ejército con aviones de combate, aviones no tripulados y misiles.

El ataque aéreo, que según los residentes empezó alrededor de las tres de la mañana, arrasó una amplia área en la que estaba la escuela. Según Habib, murieron 13 insurgentes.

La ISAF confirmó que los ataques aéreos mataron insurgentes en el área de Budyali ese mismo día, pero no dijo qué tipo de ataques fueron y tampoco ofreció más detalles.

Habib y un anciano del lugar, Shah Mohamed Jan, dicen que en los días previos al ataque, se pudo oír el ruido de aviones no tripulados que sobrevolaban la zona.

“Todo el mundo conoce el ruido de los aviones no tripulados. Hasta los niños lo conocen”, dice Habib.

Los ancianos fueron críticos con el ataque de las fuerzas estadounidenses. Dicen que habría sido mejor que los soldados afganos intentaran negociar con los talibanes para que abandonaran la escuela y se rindieran.

Habib y los ancianos del pueblo recuerdan el ataque mientras se sientan entre los escombros de la escuela. Señalan una pizarra acribillada a balazos.

“Es una vergüenza que destruyeran nuestra escuela, nuestros libros, nuestra biblioteca”, dice Malik Gul Nawaz, un anciano con barba gris y una gran panza.

Habib dice que, en la reconstrucción de la escuela, un contratista levantó un muro antes de que se produzca otro ataque talibán. Huyó con algo más de 312.000 euros en moneda extranjera.

Los cerca de 1.300 alumnos están ahora estudiando en un recinto provisional compuesto de tiendas de campaña proporcionadas por UNICEF. Gul, que fue atendido en un hospital militar norteamericano en la base aérea de Bagram de su herida en el hombro izquierdo, es ahora vigilante en la nueva escuela.

Sostiene una pequeña foto de su colega muerto, Ahad, en su temblorosa mano izquierda.

“Queremos que esta guerra termine”, dice. “Ya ha muerto demasiada gente. Tenemos que encontrar una forma de reconciliación”.Tags: Tags: , Tags: Tags: Tags: , , Tags: Tags: Tags: Tags: Tags: Tags:


Kathy Gannon es corresponsal regional de AP para Afganistán y Pakistán, y tiene la cuenta twitter http://www.twitter.com/kathygannon
Traducción: Javier Villate