La invención de la Tierra de Israel

Ramona Wadi

Fuente: The invention of the land of Israel, Middle East Monitor, 14/03/2013

La deconstrucción del mitológico “derecho a la tierra” es una condición crucial para conseguir comprender el conflicto entre israelíes y palestinos. El nuevo libro de Shlomo Sand, The Invention of the Land of Israel (Verso Books, 2012) niega categóricamente la idea de un hogar judío y ofrece un esbozo de la existencia de una elite sionista y colonial que se aferró a una aparente legitimidad moral con el fin de mantener la expansión y la apropiación territorial de Palestina.

El rechazo de Sand al derecho a la tierra está vívidamente retratado en el primer capítulo, donde expresa su asombro por el desdén de amigos suyos hacia las fronteras territoriales y, más adelante, por los testimonios de la brutal tortura y asesinato de un hombre árabe que tenía unos dólares americanos, un ejemplo de la indiferencia que caracterizará a la ocupación colonial sionista.

Tras argumentar que las definiciones de patria están sometidas al lenguaje y la cultura, que transformarán la tierra en propiedad social por medio de una conciencia social que conducirá a la apropiación, Sand insiste en que la narrativa y las referencias bíblicas a una patria (hogar, homeland) están desprovistas del patriotismo que está asociado al concepto de nación. Sin embargo, los sionistas emplearon las referencias bíblicas para deconstruir la “tierra prometida” y convertir este concepto teológico en un motivo histórico. La tierra prometida de la narrativa bíblica es equivalente a un préstamo y, por lo tanto, está condicionado al sometimiento de los judíos a la ley de Dios. Nunca existió una tierra judía ancestral. La tribu judía estaba desperdigada en varias regiones. Sin embargo, la promoción del “Libro de Josué” por parte de Ben Gurion fue aclamada porque implicaba supuestamente el retorno del pueblo de Israel. Cuando el sionismo reforzó su postura mediante la eliminación de los fundamentos del judaísmo histórico, el nacionalismo y el colonialismo se convirtieron en elementos decisivos en la formación de la pedagogía sionista.

Aunque la narrativa nacionalista se instaló en los círculos sionistas, Sand argumenta que, en realidad, no había ninguna evidencia de una emigración forzosa de judíos en Judea, ni de ningún intento de los judíos por retornar a la región. A finales del siglo XIX, menos de 5.000 judíos vivían en Palestina, en contraste con unos dos millones y medios de judíos dispersos por todo el mundo. Theodor Herzl, fundador del movimiento nacionalista judío, había establecido un precedente del derecho judío a un territorio nacional. Aunque la reubicación de los judíos en Uganda se había discutido con anterioridad, se eligió finalmente Palestina como “hogar nacional” de los judíos, vinculado con el deseo británico de establecer un mandato imperial en Oriente Medio. El coronel Charles Henry Churchill insistió en el establecimiento de los judíos en Palestina y se envió una fuerza británica para defenderles. La idea de George Gowler sobre el retorno de los judíos “a su tierra” fue el medio para crear una zona segura para los británicos entre Egipto y Siria. El plan colonial fue plasmado en las palabras de Lord Arthur James Balfour en 1919: “No nos proponemos en Palestina consultar los deseos de los actuales habitantes del país […] El sionismo, sea correcto o incorrecto, bueno o malo, tiene sus raíces en tradiciones seculares, en las necesidades actuales, en las esperanzas futuras, de muchas más importancia que los deseos y los prejuicios de los 700.000 árabes que ahora viven en esa tierra”. Balfour fue decisivo en el avance del proyecto sionista. Cuando las protestas árabes contra la Declaración Balfour se generalizaron, los sionistas insistieron en su retórica sobre “el derecho de propiedad de un territorio nacional”.

“En el sionismo, la Tierra reemplazó a la Torá y el arrollador culto a un estado futuro sustituyó a la adhesión a Dios”. El desdén del sionismo hacia la tradición y los mandamientos facilitó la tarea de localizar una patria ficticia en el judaísmo. Las normas innovadoras sobre la propiedad apestaban a ideología colonial y los sionistas insistían en que los árabes “reconocen el derecho histórico a la tierra de los hijos de Israel”. Sin embargo, los sionistas nunca clarificaron las reivindicaciones “autoevidentes” a la tierra palestina. La vinculación con la tierra fue considerada como algo inherente por los judíos y como fundamento que creaba derechos a una tierra histórica.

El derecho a la tierra fue adoptado, también, por la Liga de las Naciones en 1922 mediante la aprobación, como elemento de derecho internacional, de la existencia de una identidad histórica creada deliberadamente. Esta nueva idea se enredó con los derechos y las adversidades. Los judíos fueron vistos como una nación a la que se impedía alcanzar su hogar nacional a pesar de tratarse de una aspiración de una generación tras otra. En cambio, la aspiración a la autodeterminación de los palestinos fue ignorada y se consideró que estos no poseían “los atributos característicos de una nación”. Tras el holocausto, el Plan de Partición de Naciones Unidas de 1947 dio a los sionistas los fundamentos para poder proclamar el falso anhelo ancestral de los judíos “al restablecimiento de su antigua patria”.

Sand destaca la importancia de la geopolítica sionista para comprender la dinámica de la expansión. La metáfora preliminar de una “tierra abandonada y desolada” fue clave para sustentar la reclamación de un derecho histórica a la tierra. Hacia 1897, se consideró que la “tierra sagrada” era insuficiente para establecer un hogar nacional. Los ulteriores mapas territoriales de Ben Gurion e Isaac Ben Zvi eran deliberadamente ambiguos. En ellos se decía que “la frontera oriental de la Tierra de Israel no debe ser delimitada con precisión”. La expansión y la apropiación eran elementos esenciales en la consolidación sionista del hogar nacional, ignorando convenientemente el hecho de que el judaísmo no tenía nada que ver con ninguna reclamación territorial.

La reconstrucción histórica de Sand es perspicaz, sobre todo la elegante y demoledora crítica del derecho histórico sionista a una patria. La empresa colonial sionista parece algo fragmentado hasta que el lector comprende la colonización étnica de Palestina como una masacre de proporciones inmensas. Aunque el libro se detiene en el relato histórico, el objetivo del libro es evidente desde los primeros capítulos. Sin embargo, hay alguna duda al relacionar esta fabricación histórica con la necesidad de encontrar responsabilidades. La cuestión de los derechos de los palestinos no es, simplemente, una cuestión de un estado colonizador que deja en herencia la necesidad de un gesto conciliador hacia el pueblo que ha masacrado durante décadas. Si la admisión de la invención de un hogar nacional judío se restringe a un estudio meramente histórico, la cuestión de la ocupación ilegal y la expectativa de que el estado de Israel conceda a los palestinos sus derechos equivaldría a poco menos que una declaración fugaz. Sin un proceso de rendición de cuentas, la historia inventada conserva su fortaleza.

Traducción: Javier Villate