Los socialistas multan a los disidentes

La degeneración moral de los socialdemócratas españoles y catalanes no tiene fin. Los jefes del PSC (Partido Socialista de Cataluña) decidieron hace pocos días multar a cinco diputados del Parlamento catalán por negarse a votar no a la declaración de soberanía auspiciada por CiU y ERC. Les van a robar 400 euros.

Ahora, los jefes del PSOE se disponen a sancionar con multas de entre 200 y 600 euros a los diputados del PSC que no siguieron la disciplina de voto en el Parlamento español: los disidentes no votaron en contra de las mociones de IU-ICV y CiU en apoyo a una consulta sobre la independencia en Cataluña.

Es vergonzoso. Se supone que unas sanciones han de servir —si es que han de servir para algo— para evitar una conducta que se considera inaceptable. Pero en lugar de abordar ese “problema” mediante el diálogo y, desde luego, la aceptación de las divergencias, se castiga al discrepante con una multa pecuniaria. O sea, no se trata de convencerle, ni de dejarse convencer, sino de que no repita su “indisciplina” por temor a que sus compañeros de partido le multen, le roben. Es deplorable. Tal parece que para lograr la unanimidad TODO VALE.

Se me ocurre que estos socialdemócratas podrían dejar de asistir a los plenos de los parlamentos y ofrecer un dinerito a personas en paro para sustituirles con la condición de que voten todos la ORDEN DIRECTIVA. Nadie notaría la diferencia, sobre todo, si aplauden a los jefes ante las cámaras de televisión.

Bien. Hasta aquí he supuesto que unas sanciones tienen la validez de meter en cintura a los indisciplinados. ¿Por qué la democracia no vale dentro del PSOE-PSC? ¿Por qué solo vale de puertas para afuera? ¿Qué engendro antidemocrático es ese de la DISCIPLINA DE VOTO? Más allá, ¿qué es eso de la disciplina dentro de un partido? ¿Acaso un partido político es un batallón militar?

No conozco a NINGÚN PARTIDO que aguante la “indisciplina” y la discrepancia. Ninguno. Ni mayoritario ni minoritario. Ni de derechas ni de izquierda. Ni verde ni morado.

La razón es evidente. O las razones. Porque me temo que hay, al menos, dos. Una, la de defender, mantener y ejercer el poder: aquí se hace lo que dice el jefe (o los jefes, que tanto da). La otra, me temo que de mayor peso, es que un partido que aparece “dividido” (porque las discrepancias equivalen, al parecer, a división cuando se trata de partidos políticos) sufrirá en las elecciones. Los jefes de los partidos minoritarios se apuntan, sobre todo, a la primera razón. Los jefes de los partidos mayoritarios, a la segunda. Y algunos de un lado y otro, a las dos. Son dos razones horribles, como corresponde a la horrible realidad de los partidos políticos, que se han convertido, en la actualidad, en uno de los principales obstáculos para una mejor democracia.

¿Todavía se preguntan por qué ha surgido con fuerza el 15-M y demás movimientos de indignados? ¿De verdad que no lo entienden? Pues está bastante claro. Una de las razones es que los partidos políticos ya no valen para cambiar la sociedad en un sentido ANTIDISCIPLINARIO, ANTIAUTORITARIO, que es el cambio “que toca”.