Israel planeó un ‘Armagedón nuclear’

Rod Such

Fuente: Israel planned a “nuclear Armageddon,” new book shows | The Electronic Intifada, 20/11/2012

Fortress Israel: The Inside Story of the Military Elite Who Run the Country — And Why They Can’t Make Peace, del experiodista del New York Times y del Washington Post Patrick Tyler, es un valiente relato histórico del rol del militarismo en la sociedad israelí. Tyler escribió anteriormente A World of Trouble: The White House and the Middle East — from the Cold War to the War on Terror (2009), donde examinó las políticas de los presidentes de EEUU Dwight Eisenhower y George W. Bush para Oriente Medio.

En este nuevo trabajo, Tyler se centra en el establishment israelí. Resume su tesis en el prólogo: “Seis décadas después de su creación, Israel sigue siendo un país esclavo de su origen militar, cuya profundidad ha facilitado el surgimiento de sucesivas generaciones de dirigentes con escasas capacidades para manejar o mantener una acción diplomática alternativa a la estrategia militar, que parece estar siempre con el dedo en el gatillo para tratar con sus rivales regionales y cuyos planes de contingencia contemplan los peores escenarios, que a menudo exageran los complejos y ambiguos desarrollos como si fueran amenazas para la existencia nacional. Lo hacen así, de forma reflexiva e instintiva, con el fin de perpetuar un sistema de gobierno en el que la política nacional está dominada por el ejército”.




En Fortress Israel, Tyler extrae un cúmulo de datos de documentos desclasificados del gobierno de EEUU de 2007, muchos de los cuales fueron obtenidos por medio de solicitudes del Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad George Washington, donde trabaja actualmente, al amparo de la Ley de Libertad de Información.

Estos documentos, en especial los de la administración de Richard Nixon, han recibido escasa atención de los medios corporativos. Tyler ha entrevistado, además, a muchos dirigentes israelíes y ha recurrido a fuentes secundarios, siendo la más destacada de ellas The Iron Wall (2000), un libro del historiador israelí Avi Shlaim.

The Iron Wall y Fortress Israel socavan los pilares fundamentales de la persistente propaganda israelí que se presenta como víctima perpetua de los hostiles vecinos árabes. Por el contrario, ambos muestran que Israel fue el agresor en casi todos los conflictos militares.

La crisis de Suez de 1956, por ejemplo, fue el resultado de una conspiración urdida por Francia, Gran Bretaña e Israel, en la que este último atacó a las fuerzas egipcias para que Gran Bretaña y Francia intervinieran en calidad de fuerzas “estabilizadoras” y, de ese modo, mantuvieran el control del Canal de Suez. Así mismo, ambos estudios revelan que Israel lanzó la guerra de 1967 no porque creyera que Egipto estaba a punto de atacarle, sino porque vio una oportunidad clara para destruir al ejército egipcio.

Intereses imperiales

La investigación de Tyler demuestra que las elites israelíes reconocieron hace mucho tiempo la utilidad de alinear a Israel con los intereses imperialistas de Occidente en Oriente Medio y cortejaron a EEUU con ese fin. Aunque la administración Eisenhower forzó la retirada de Gran Bretaña, Francia e Israel de Egipto en 1956 y le disgustó que los tres países actuaran sin su apoyo, pronto se dio cuenta de que Israel representaba un valioso aliado en la Guerra Fría, sobre todo después de que Egipto se acercara a la Unión Soviética.

Pero Tyler argumenta que mientras que la administración Eisenhower actuó para contener a Israel “de forma que pudiera encontrar un acomodo con sus vecinos”, la administración Nixon, especialmente el consejero de seguridad nacional Henry Kissinger, buscó utilizar a Israel para sus intereses en la Guerra Fría.

Basándose en los documentos de 2007, Tyler cita un memorándum de 1969 escrito por Richard Helms para Nixon, cuando aquel era director de la CIA, en el que se decía que la agresión israelí contra Egipto debía ser alentada “puesto que beneficia a Occidente y a Israel”. En una nota, Kissinger argumentó que si Naser fuera derribado, quien le sucediera carecería de su “carisma”.

“¡Dénles duro!”

En enero de 1970, Israel bombardeó Egipto. En mayo de ese año, Nixon les dijo a Isaac Rabin, entonces embajador de Israel en EEUU, y al ministro israelí de Exteriores Aba Eban: “¡Dénles tan duro como puedan!”. Uno de esos ataques ya había destruido una escuela egipcia de primaria, matando a 47 niños.

Durante este periodo, señala Tyler, los políticos estadounidenses se convencieron de que Israel era una potencia nuclear, a pesar de que Israel había negado reiteradamente que poseyera armas atómicas. Kissinger había recibido una estimación de la CIA que sostenía que el estado judío tenía al menos diez armas nucleares. Según un memorándum de Kissinger, Rabin le dijo que había dos razones para construir la bomba: “primera, para disuadir a los árabes de atacar a Israel y segunda, si la disuasión fracasa e Israel está a punto de ser invadida, para destruir a los árabes en un Armagedón nuclear”.

La adquisición de bombas nucleares —junto con el acuerdo de paz que firmó con el presidente egipcio Anuar Sadat— hizo de Israel una superpotencia regional, señala Tyler, añadiendo que el estado hebreo acordó a regañadientes reconocer los derechos nacionales palestinos como parte de ese acuerdo. Al mismo tiempo, escribe el periodista, el ejército israelí se mantuvo independiente de las grandes potencias y nunca les permitió “convertirse en árbitros de la paz”.

La Nakba ignorada

Tyler demuestra de forma convincente que el ejército israelí ignoró o se impuso a menudo a la autoridad civil. Aunque son muchos los ejemplos que apoyan la tesis de que el ejército es la fuerza dominante en la política israelí, Tyler no proporciona pruebas suficientes para indicar que haya habido alguna vez diferencias estratégicas sustantivas entre los líderes civiles y militares de Israel en relación con el proceso de limpieza étnica de los palestinos. Pone gran énfasis en la “cultura sabra” nativa dentro del ejército como origen del militarismo israelí, lo que le impide ver que los líderes civiles israelíes, muchos de los cuales no eran sabras, estuvieron estratégicamente alineados con la principal ambición del ejército de Israel: borrar a Palestina del mapa.

Pero quizá el error más importante del libro es que ignora la Nakba (catástrofe), la sistemática limpieza étnica que condujo a la creación de Israel en 1948. Esta omisión tiende a enmarcar la narrativa como un simple conflicto étnico entre estados-nación, en lugar de verlo como un conflicto entre la lucha de liberación nacional palestina y un estado colonial racista.

Afortunadamente, Tyler aborda finalmente el tema central: la supresión de los derechos nacionales palestinos. Sugiere que las elites militares de Israel están dispuestas a mantener a los palestinos permanentemente sometidos bajo la ocupación. Sin embargo, el hecho de que se centre excesivamente en el ejército oscurece el papel de la ideología sionista y su poderosa influencia entre las elites civiles y militares.

La solución de dos estados promovida por los sionistas “liberales” da por bueno la discriminación de los palestinos de Israel y el rechazo del derecho al retorno de los refugiados. En última instancia, esta es la razón por la que las elites israelíes no pueden hacer la paz. En lugar de buscar una paz basada en los derechos humanos, solo pueden proponer una “paz” basada en la violencia.


Rod Such es periodista independiente y ha sido redactor de las enciclopedias World Book y Encarta. Es miembro de la Campaña Conciencia de Oriente Medio de Seattle y de Americanos Unidos por los Derechos Humanos de los Palestinos.

Traducción: Javier Villate