Confundiendo los deseos con la realidad

Las reacciones que han suscitado las elecciones catalanas y los análisis que se han realizado parecen una carrera desatado para ver quién dice el mayor disparate.

Así, tenemos que prácticamente todos los medios convencionales españoles, sean de derechas o de izquierdas, han hablado de “debacle”, “hundimiento”, “fiasco”, “rotundo fracaso”, “batacazo” y cosas así en referencia a Convergencia i Unió (CiU). Vale, no somos tontos. Todos sabemos lo que supone perder un 7,5 por ciento de los votos con respecto a las anteriores elecciones autonómicas (90.489 votos). Es un retroceso, pero, tranquilícense, no es un “hundimiento” ni una “debacle”. Y menos aún si tomamos en cuenta que CiU sigue siendo la primera fuerza política, con más del doble de votos que la segunda, el PSC.

Los políticos y comentaristas que han coincidido en esta falta de ecuanimidad parecen haber sido traicionados por sus deseos. Tanto peor para ellos, porque la realidad no son sus deseos, como es obvio. Si permiten que sus deseos se impongan a la dura y poliédrica realidad, seguirán equivocándose con Cataluña, como lo vienen haciendo desde tiempo inmemorial.

No entro a valorar si, desde un punto de vista maquiavélico, la convocatoria de elecciones por parte de Artur Mas ha sido una jugada buena o mala. Sinceramente, me da igual. Me la pela.

Hay algo más interesante, a saber, que las elecciones reflejan una holgada mayoría de votantes nacionalistas catalanes y catalanistas, una holgada mayoría de votantes que quieren poder decidir (el famoso derecho a decidir) sobre el estatus de Cataluña con respecto al Estado español. Si, como dicen algunos, estas elecciones han sido planteadas por Mas como un plebiscito sobre la consulta independentista, el resultado es favorable a la misma, mal que les pese a los políticos y comentaristas obnubilados por su anticatalanismo. Sumen los escaños de CiU, ERC, CUP y de ICV (que también apoya el derecho a decidir) y verán que las dos terceras partes de los parlamentarios apoyan dicho “derecho”, o sea, que quieren que se consulte a los ciudadanos catalanes sobre la independencia.

¿A qué viene, entonces, tanta algarabía de la derecha y la izquierda españolistas? ¿Cómo puede decir el PP que Mas ha perdido ese “plebiscito”? El árbol maltrecho de CiU no les está dejando ver el bosque autodeterminista. La persistencia en este error de análisis no puede traer nada bueno. Y no tomo en consideración la evaluación de Rajoy porque sería más de lo mismo.

Artur Mas ha reconocido que los resultados que ha obtenido no han sido los esperados y que tendrá que buscar apoyos. Nada que objetar.

Pero lo de Rubalcaba es realmente patético: “son unos resultados dignos” los del PSC, en su opinión. Aunque haya pasado de 28 a 20 parlamentarios y haya perdido 51.900 votos (un 9 por ciento). O sea, han retrocedido más que CiU. Son los grandes perdedores de estas elecciones. Son los grandes perdedores de todas las elecciones que se han venido celebrando desde que abandonaron La Moncloa.

Recuerdo que, al terminar el recuento de los votos en las recientes elecciones autonómicas vascas, le entrevistaron a Isabel Celáa, actual consejera de Educación del Gobierno Vasco. Como todo el mundo sabe, los resultados del Partido Socialista de Euskadi fueron desastrosos, pero Celáa consideró que eran “buenos”.

Así que los socialistas tienen también serios problemas para ver la realidad tal como es. Por ahí vienen, en parte, sus recientes descalabros.

Pero el delirium tremens está mejor representado por Albert Rivera, dirigente de Ciutadans, que ha pedido la dimisión de Artur Mas. A ver si lo entiendo. Se celebran unas elecciones. La coalición más votada, de largo, es CiU y hay un político que pide que dimita el líder de la coalición ganadora. Realmente, este país es diferente.

Y termino con lo que me parece más interesante de estas elecciones: la abstención. Sobre esta cuestión están todos los políticos y comentaristas muy contentos. La participación ha batido un récord histórico: ha sido del 69,5 por ciento. Normalmente, la abstención en las elecciones autonómicas en Cataluña ha rondado el 40 por ciento. Sea como sea, la abstención sigue siendo alta. Pero a nadie le importa. Es más, como ahora ha sido sustancialmente menor, están la mar de contentos, como he dicho.

Sin embargo, tomando en cuenta a todos los ciudadanos, como debe ser, la fuerza más votada, CiU, solo tiene el apoyo del 21,3 por ciento de los catalanes. Si llegara a gobernar en coalición o con un pacto con el PSC, el gobierno tendría el apoyo de un 31,3 por ciento de los ciudadanos catalanes. Y si la coalición o el pacto fuera con ERC, sería algo menor.

¿A quién le importa esto? A quienes consideramos que unas elecciones deben ser representativas. Pero no lo son. Son un mero mecanismo para seleccionar a unos dirigentes con un mínimo de pudor. No estaría mal hacer lo que propuso en su día Manuel Castells: que la abstención estuviera representada en los parlamentos con escaños vacíos. Cuando menos, a la hora de conseguir mayorías en votaciones de leyes y demás sería divertido.

El único consuelo que nos queda es que en Cataluña, como en Euskadi y, en menor medida, en Galicia, la cosa esta de la política no es de dos.