Las guerras y las masacres del ejército de EEUU

Tim Kelly

Publicado originalmente en: The U.S. Military and Massacres, The Future of Freedom Foundation, 29/03/2012

La locura asesina del sargento norteamericano Robert Bales en Afganistán ha recibido mucha y merecida atención de los medios de comunicación. El asesinato de 17 civiles afganos cometido por el sargento Bales fue condenado rápidamente por la administración Obama como un incidente horrible y una aberración que no era, de ninguna forma, representativa del carácter excepcional del ejército de Estados Unidos.

Forma parte de la doctrina militar pensar que tales ‘incidentes’, no importa lo frecuentes que sean, son algo singular de lo que no puede extraerse conclusiones más generales. Esto es muy conveniente para los políticos estadounidenses, pues les exime de cualquier responsabilidad por las acciones de los soldados que ellos envían al extranjero para matar personas y destruir cosas.

Pero, ¿fue realmente algo aislado esta masacre?

Cualquiera que siga las noticias tiene que saber que las fuerzas estadounidenses son frecuentemente responsables de las muertes de civiles inocentes. Estas muertes no pueden ser el resultado de un soldado o grupo de soldados ‘canallas’ que han perdido la cabeza, pero esta distinción carece de sentido. Después de todo, fue el general Stanley McChrystal quien dijo sobre la guerra de EEUU en Afganistán: Hemos disparado a un número increíble de personas, pero que yo sepa ninguna fue realmente una amenaza.

En los últimos diez años hemos conocido una atrocidad tras otra cometidas por soldados estadounidenses. Conocimos los terribles abusos de la prisión de Abu Ghraib y el vídeo Asesinato colateral, que mostraba a un helicóptero de combate de EEUU disparando alegremente contra civiles iraquíes. Conocimos la masacre de Haditha y el grupo de soldados estadounidenses que mataron civiles afganos por deporte. Conocimos, más recientemente, el ‘incidente’ de unos soldados estadounidenses orinando sobre unos cadáveres. Y durante las ocupaciones de Irak y Afganistán, las tropas de EEUU han llevado a cabo incursiones nocturnas en pueblos, en las cuales han matado y herido a gran cantidad de civiles. ¿Cuántos de estos ‘incidentes’ no han llegado a los medios de comunicación?

¿Son inevitables estas atrocidades cuando los soldados son desplegados una y otra vez en países extranjeros en los que están rodeados de poblaciones hostiles? Efectivamente, lo son.

Esta es la razón por lo que la responsabilidad última de los crímenes de los soldados estadounidenses la tienen quienes están en el poder, pues ellos son los que confeccionan los planes de guerra y dan las órdenes de invadir. Cuando Donald Rumsfeld habló obtusamente de conmoción y pavor (shock and awe) poco antes del inicio de la guerra de Irak, sabía que eso significaba el sufrimiento y la muerte de muchos civiles inocentes. Pero los estrategas geopolíticos y los planificadores imperiales de Washington consideraron que la carnicería infligida a la sociedad iraquí por el ejército de EEUU ‘merecía la pena’. Como dijo H. L. Mencken, las guerras no son hechas por la gente común, que malviven cuando el sol aprieta, sino por los demagogos que infestan los palacios.

Quizás las tropas de EEUU en el extranjero se comportarían mejor si los que están más arriba en la cadena de mando cumplieran la ley. Después de todo, George W. Bush y Dick Cheney se han jactado de autorizar la tortura de prisioneros. Pero estos reconocimientos de lo que son claramente violaciones de las leyes federales y el derecho internacional no han dado lugar a ningún procesamiento.

La decisión de la administración Obama de no acusar a Bush, Cheney y compañía por sus crímenes es comprensible. Tras haber cumplido más de las tres cuartas partes de su mandato presidencial, Obama y sus compinches son probablemente culpables de una larga cadena de abusos, y quieren tener también la misma inmunidad.

Pero volvamos a la afirmación del gobierno de Obama de que las acciones del sargento Bales no son representativas del carácter excepcional del ejército estadounidense. Contrariamente a la mitología patriótica, el ejército de EEUU nunca ha vacilado a la hora de causar víctimas civiles en las guerras.

La expansión de EEUU hacia el oeste en el siglo XIX fue posible gracias a una serie de implacables campañas militares cuyo objetivo era eliminar a la población nativa americana. Para justificar el robo de tierras y las masacres de hombres, mujeres y niños indefensos, los norteamericanos adoptaron el mito del Destino Manifiesto. La actitud prevalente entre los militares respecto a los nativos americanos fue, quizás, mejor expresada por las palabras del coronel John Chivington, quien al parecer dijo a sus tropas en Sand Creek: ¡Matadles a todos y arrancadles las cabelleras, grandes y pequeños. Las liendres crían piojos!.

Durante la llamada Guerra Civil Americana, los ejércitos mataron a unos 50.000 civiles, la mayoría mujeres y niños. Ciudades enteras del Sur fueron bombardeadas y reducidas a cenizas. Generales de la Unión como Ulysses S. Grant, William Tecumseh Sherman y Philip Sheridan atacaron a los civiles deliberadamente en sus campañas militares contra los ‘rebeldes’ del Sur.

Después de que EEUU tomara el control de Filipinas en 1898, el ejército estadounidense emprendió una brutal campaña para aniquilar la insurgencia nativa. La guerra de la independencia de Filipinas se cobró las vidas de 250.000 filipinos antes de que llegara a su fin en 1902.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército de EEUU atacó deliberadamente a civiles alemanes y japoneses en una estrategia de bombardeos terroristas. Como dijo el general Curtis Lemay, los bombardeos estadounidenses B-29 volaban sobre un Japón postrada en 1944 y 1945, chamuscando, hirviendo y cociendo hasta la muerte a unas 330.000 personas.

Las guerras libradas por EEUU en Corea, Vietnam e Irak han matado a más de seis millones de personas, la gran mayoría de ellas civiles. En cada una de estas guerras, los soldados norteamericanos han llevado a cabo masacres, pero las causas más importantes de las muertes de civiles están relacionadas con acciones que se desarrollaron siguiendo las reglas de actuación en combate.

Durante la guerra de Corea, los aviones norteamericanos bombardearon el Norte sin ninguna consideración por las vidas de los civiles. En Vietnam, el ejército de EEUU declaró grandes áreas como ‘zonas de fuego libre’ y arrasó pueblos enteros. Estados Unidos arrojó más de ocho millones de toneladas de bombas en Vietnam, Laos y Camboya entre 1962 y 1973. Estados Unidos también libró una guerra de 20 años contra Irak, incluyendo un régimen de sanciones que mató a 500.000 niños. La cifra total de civiles muertos se calcula en más de un millón, y más de cinco millones han huido de este país devastado por la guerra.

El hecho es que el ejército de EEUU ha utilizado históricamente su gran poder de fuego para matar deliberadamente a un gran número de civiles. Sin embargo, la mayoría de los estadounidenses o bien ignora esta verdad o justifican las carnicerías como una consecuencia inevitable de guerras justas, necesarias y ‘buenas’.

John Tirman, autor del notable y sugerente libro The Deaths of Others: The Fate of Civilians in America’s Wars (Las muertes de otros: El destino de los civiles en las guerras de Estados Unidos), llama a este fenómeno autismo colectivo del pueblo norteamericano. Dice:

Uno de los aspectos más notables de las guerras de EEUU es lo poco que discutimos sobre las víctimas que no son estadounidenses. Los costes de la guerra para las poblaciones y los soldados comunes del ‘enemigo’ apenas se encuentran en los relatos y los análisis de los conflictos, y este hábito es una característica perdurable de nuestros recuerdos de las guerras. Siendo una nación que se ha considerado basada en la ética cristiana y como un pueblo excepcionalmente compasivo, esta frialdad es un rompecabezas. En realidad, es más que un rompecabezas, pues la ignorancia o la indiferencia tiene consecuencias para las víctimas de las guerras norteamericanas y para el propio Estados Unidos.

Como dijo, de forma inicua, el general Sherman, la guerra es el infierno. ¿Por qué, entonces, tantos norteamericanos apoyan crear el infierno en la Tierra? Supongo que muchos creen que estas guerras son necesarias para defender al país y, así, son engañados por la propaganda belicista, el simbolismo patriótico y el ondear de banderas.

Pero la verdad es que la mayoría de las guerras que EEUU ha librado no han sido por motivos de defensa ni por la promoción de la libertad en el extranjero, sino por intereses imperiales. Este ansia de riqueza y poder ha sido el móvil de la política exterior de EEUU durante más de un siglo, y millones de civiles inocentes han sido las víctimas de estas ambiciones imperiales de Washington.

Con el fin de hacer frente a los grandes problemas con que se encuentran, los estadounidenses van a tener que reconciliarse con la verdadera historia de su país y admitir que los líderes políticos y los soldados norteamericanos han sido culpables de crímenes atroces en su búsqueda de trofeos, botines e imperio. James K. Galbraith lo expresó muy bien:

La realidad es que somos un país como cualquier otro, con gente buena y mala, fuerte y débil, con actos nobles y criminales, y las verdades ocultas a menudo bajo el engaño y la propaganda.


Tim Kelly es columnista y asesor político de la Future of Freedom Foundation en Fairfax, Virginia, corresponsal de Special Investigator de RADIO AMERICA y caricaturista político.

Traducción: Javier Villate