La moral según Mario Bunge

La discusión, eterna discusión, sobre el carácter de los valores o juicios morales es una de las más apasionantes de la filosofía ética. Tan es así que hoy en día es difícil encontrar posiciones puras, no matizadas, que puedan ser clasificadas sin ambages como objetivistas, subjetivistas, cognitivistas, emotivistas, intuicionistas, realistas, irrealistas, naturalistas, pragmatistas y un largo etcétera. Sin embargo, a pesar de tratarse de un debate extremadamente teórico, tiene claras consecuencias prácticas. Estos extractos de Filosofía política (Gedisa, 2009), de Mario Bunge, a pesar de tomar postura, pueden servir para mostrar lo que digo:

Toda acción social está precedida por deliberaciones que suponen preferencias y el cumplimiento o violación de normas morales. […]

En general, la política no está por encima de los valores y la moralidad: se trata del instrumento que nos permite bien realizar, bien aniquilar los valores a gran escala. […]

La teoría de los valores o axiología se ocupa de la naturaleza de los valores, desde la verdad y la belleza hasta la paz y la prosperidad. Lo primero que debemos señalar es que los valores son propiedades relacionales: se dice que a es valioso para b para el propósito c, o de modo abreviado, Vabc. […]

Tradicionalmente, se ha considerado que los juicios de valor son subjetivos y, por lo tanto, invulnerables tanto a la crítica como a la puesta a prueba empírica. En consecuencia, los juicios de valor estarían fuera de la ciencia. Aunque esto es verdad para algunos juicios de valor, especialmente para los estéticos, no lo es para los más importantes de todos: las normas morales y técnicas. Por ejemplo, se espera que los juicios de valor emitidos por médicos, ingenieros y tecnólogos sociales competentes y responsables sean objetivos y comprobables. Ejemplos obvios: “El fumar y la pobreza son malos para la salud” y “La corrupción y la impunidad socavan la legitimidad del Gobierno”.

La descripción y la prescripción deben distinguirse, pero no separarse la una de la otra. […]

Más aún, siempre que sea posible, los juicios de valor deben basarse en enunciados fácticos bien corroborados. En particular, los enunciados valorativos que se formulan en la teoría política normativa deben apoyarse en sólidos datos e hipótesis pertenecientes a las ciencias sociales. […]

Considero que la ética es la aplicación de la teoría de los valores a la acción social. […] Desde el punto de vista sociológico, las acciones prosociales (o valiosas) son morales y las acciones antisociales (o disvaliosas) son inmorales, en tanto que las acciones socialmente irrelevantes son amorales. En consecuencia, todo hecho que involucre una acción moral es, él mismo, moral. Por ejemplo, rascarse la cabeza es amoral, en tanto que agredir es inmoral y orientar a un transeúnte es moral.

[…]

Nuestra identificación de “moral” con “prosocial” va a contracorriente de las principales tradiciones éticas. Estas sostienen que la moralidad está dada desde arriba y, por ende, cincelada en piedra, o que se trata puramente de una cuestión de emoción o intuición. En ambos casos, las normas morales se consideran no cognitivas y, en consecuencia, inmunes tanto al debate racional como a la comprobación empírica. Por consiguiente, nuestra definición será rechazada por los teólogos, así como por los emotivistas éticas (como Hume y los positivistas) y los intuicionistas. Los últimos, siguiendo a G. E. Moore, censurarán nuestra definición como un caso de la llamada falacia naturalista.

Pero nuestra definición posee la ventaja de evitar el subjetivismo y el irracionalismo éticos, así como el correspondiente relativismo moral. En efecto, esto nos permite hacer comparaciones transculturales y adoptar una moralidad universalista (no tribal). Esta moralidad, a diferencia de las moralidades tribales conservadas en las sagradas escrituras, es socialmente progresista porque condena la opresión, la explotación, la servidumbre, la esclavitud, la tortura y la agresión militar, dondequiera y cuando quiera que ocurran. También juzga inmorales a todos los políticos, politólogos y economistas que justifican estas prácticas antisociales. En resumen, adoptamos el realismo u objetivismo moral.

A causa de que, inevitablemente, cambiará las vidas de algunas personas, la política tiene un componente moral, aunque de ordinario sea tácito. Además, coincido con Crick (1992: 141) en que el componente moral de las acciones políticas es el más importante, si bien el menos visible, sencillamente porque tiene como consecuencia beneficios y perjuicios. Sugiero, también, que es tarea del filósofo político desvelar ese componente.

Debido a la extensión de las citas, comentaré estas palabras de Bunge el próximo sábado.