Cultura y biología humanas

Existe la creencia, sobre todo en el seno de la izquierda, de que el ser humano es completamente libre, totalmente maleable, que es posible crear un “hombre nuevo”, que la utopía es algo realizable. Crasos errores.

Esas ideas se pueden desmontar desde varios puntos de vista. Ahora me ocuparé solamente del de las relaciones entre la cultura y la biología humanas. Este es un problema que, en mi opinión, ya ha resuelto satisfactoriamente la sociobiología y la reciente investigación de las neurociencias. En un muy interesante libro, La herencia de Darwin (Herder, 2009), Chris Buskes lo ha expuesto de la siguiente forma:

Sin embargo, la cultura humana es tan profunda y compleja que ha acabado teniendo vida propia. La evolución cultural parece haber sobrepasado a la evolución biológica. Los sociobiólogos y psicólogos evolutivos creen, no obstante, que la cosa es más sutil. Según ellos, ambas formas de evolución han quedado entrelazadas. Por ejemplo, Wilson introdujo la idea de “coevolución” para ilustrar la estrecha interacción entre genes y cultura. La cultura humana ha creado, según Wilson, un nuevo entorno en el que determinados genes tienen oportunidad de florecer.

A partir del momento en que nuestro ancestro el Homo habilis, empezó a fabricar hachas de mano y otros artefactos, hace más de 2 millones de años, y puso a prueba las técnicas de caza colectiva, el proceso de selección se centró en características nuevas como la inventiva, la comunicación, la inteligencia social y la capacidad para aprender. La cultura abrió un nuevo nicho ecológico en el que tales características resultaron tener un alto valor adaptativo. Prueba de ello es el hecho de que, a partir de aquel periodo, el cerebro experimentó un crecimiento explosivo, pasando de los 750 centímetros cúbicos en el Homo habilis hasta una media de 1.500 centímetros cúbicos en el hombre moderno. […] A medida que aumentaba el papel de la cultura, la influencia de la evolución biológica quedaba relegada cada vez más a un segundo plano. También Wilson reconoce que, en parte, la cultura humana se ha quitado de encima las influencias biológicas.

No obstante, la cultura no tiene un margen de maniobra ilimitado, no puede ir hacia todos lados sin limitación alguna. Según Wilson, su margen de maniobra queda determinado por los límites que impone la naturaleza humana. Ello se expresa en el famoso principio de Wilson: el leash principle, la idea de que la cultura va de la correa de la evolución genética y biológica. El principio de la correa dice que la cultura nunca puede soltarse del todo de las influencias biológicas. La correa nos mantiene unidos a nuestros genes. Si una cultura se vuelve en contra de la naturaleza humana, por ejemplo porque propaga el no tener hijos o alienta el suicidio colectivo, recibirá un fuerte tirón de la correa, o de lo contrario estará condenada a muerte.

La naturaleza humana universal establece así unos límites bien definidos a la posible diversidad cultural. La psicología evolutiva es diametralmente opuesta al determinismo cultural que postula que las culturas humanas son infinitamente maleables y variables.

El determinismo cultural, propio por ejemplo del marxismo, es cosa de los siglos XX y XIX. El “hombre nuevo” es un sueño que, por cierto, solo ha producido horribles pesadillas. Las utopías no son más que fantasías, y como tales hay que tomarlas, no como objetivos que la humanidad debe alcanzar… algún día.

Lo que plantea la cita es que el debate actual ya está marcado: se trata de investigar cuáles son las relaciones concretas entre biología y cultura, en el marco del principio de la correa. Y en esa investigación hay desarrollos enormemente fructíferos, como algunos que ya hemos comentado aquí, por ejemplo del primatólogo Frans de Waal.