Democracia, el principio de mayoría y el demos

Tercera y última parte de los extractos del libro El soberano y el disidente de Paolo Flores D’Arcais.

El sujeto lógico es el demos y su incondicionado poder. Cualquier pretensión de domesticarlo de antemano es una nostalgia de la heteronomía. Pero, ¿qué es el demos? Todos los seres humanos que, juntos, lo hacen posible; la multiplicidad de las existencias unidas por el “con” del vínculo social. El demos que elimina a los individuos que lo componen se convierte en una abstracción, un flatus vocis, una estafa metafísica que cubre una opresión real.

Quede claro que en estas páginas no se pretende parrafear sobre individuos caracterizados por una existencia presocial, sin el ropaje que les distingue, aislados e independientes, ni del posterior sumarse del vínculo social que les une en sociedad. No existe tampoco ningún presupuesto de carácter contractual, ningún “estado de naturaleza” en donde ejercer la fantasía. Es evidente que cada individuo nace ya e inexorablemente dentro de una “cultura”, y lleva en sí mismo la huella. Sin embargo, hay que atajar sin ningún tipo de misericordia dialéctica la tentación recurrente, ante la cual, si se cede, los todos del demos real —con las tres cartas de un engaño lingüístico y los dados trucados de la ideología— desaparecerán hasta convertirse en los pocos o incluso en el uno de las nuevas heteronomías de opresión.

La democracia es, por lo tanto, el poder que no acepta ser limitado, excepto por sí mismo. Deberá limitarse, pero solo en aquello que sea necesario para mantener firmes las condiciones de posibilidad de su naturaleza instituyente, es decir, el demos como único y propio “fundamento”, sin el cual se perdería la cosa misma objeto de estas reflexiones. […]

¿Cuál es, pues, la autolimitación correspondiente a la salvaguarda del demos? Interroguemos al mismo demos. ¿Cómo puede deliberar? En mayoría. Cualquier otra posibilidad está cortada por la lógica de la inmanencia y de la autonomía […]. Así, pues, el único límite intrínseco a las decisiones del demos es que nunca se revoque el principio de mayoría, instrumento insustituible para que el demos ejerza su poder. De cualquier forma, es inútil ilusionarse o disimular: la democracia no es el paraíso del poder de todos, sino el purgatorio del poder de la mayoría.

Sin embargo y obviamente, no hablamos de esta o aquella mayoría, sino, tal como hemos dicho, del principio de mayoría: que sea siempre —no solo ahora— la mayoría del demos la que decida la norma. Un poder instituyente que no tenga soberanía sobre el futuro es un poder nulo. La soberanía de la mayoría significa que esta misma mayoría podrá decidir mañana de forma diferente a la de hoy, pero sobre todo que podrá hacerlo una mayoría diferente a la mayoría de hoy. La soberanía del demos será tal hasta que cada una de esas mayorías pueda ser suplantada. La mayoría que niega o limita a la minoría este derecho sobre el futuro ya ha destruido el principio de mayoría y, en consecuencia, su legitimidad.

Pero si una mayoría lo puede todo, salvo limitar las libertades de la minoría de hoy —es decir, el poder de esta última de convertirse en mayoría mañana y de cambiar el veredicto—, entonces no puede quitar (o mutilar, o circunscribir) este poder ni siquiera a la minoría de esa minoría, y a la minoría de una minoría de una minoría, hasta llegar a esa minoría imposible de dividir, esto es, el individuo componente del demos. Puesto que, reiterando el ostracismo de las libertades un oportuno número de veces incluso a un único individuo, muy pronto acabaría siendo una minoría la que decidiese, y después una minoría de esa minoría, y finalmente… En definitiva, la decisión de la mayoría no puede en ningún caso amputar el “todos” de la soberanía de ningún individuo, pues esto sería en germen la supresión del demos.

El poder único de la mayoría es la inevitable verdad de la soberanía de todos; sin embargo, esta dolorosa metamorfosis, razonada hasta el final, sin descarrilar o desviarse, impone que la mayoría no pueda marginar ni siquiera a un único individuo —nunca— del poder sobre las decisiones futuras.

Párrafos difíciles, lo entiendo, pero llenos de una sutileza necesaria para comprender lo que la democracia (la posible, la del purgatorio) debería ser, que con otras palabras muchos proclaman, pero pocos hacen suya en su modus operandi. Por desgracia, son muchos los que, alcanzando la mayoría (en fin, la minoría mayoritaria de la mayoría o minoría, da igual, que ha votado; y muchas veces con las malas artes de leyes electorales bochornosas), actúan de tal forma que buscan liquidar, marginar, silenciar a una u otra minoría incómoda, disidente. Cuando hablamos de países con culturas, individualistas sí, pero dominadas por el calorcito dogmático que proporciona la lucha banderiza —supongo que saben de qué países hablo—, esa forma no democrática de actuar es norma, lamentablemente.