Liberalismo y bien común

Fue hace mucho tiempo cuando leí Anatomía del antiliberalismo, de Stephen Holmes (Alianza Editorial), y lo he releído muchas veces. Siempre me ha sugerido algo nuevo. Evidentemente, como es lo razonable en el cien por cien de los casos, no hace falta estar de acuerdo en todo con él para apreciar su gran poder para mover a la reflexión. Es una defensa sólida del liberalismo frente a los teóricos antiliberales (Maistre, Schmitt, Strauss, MacIntyre, Lasch, Unger, los comunitaristas) y una discusión clarificadora de unos cuantos tópicos confusos sobre el liberalismo. Aquí traigo unos extractos sobre lo que piensa el liberalismo acerca del bien común.

Se dice que los liberales niegan la existencia de cualquier forma de “genuino bien común compartido” porque defienden el derecho a la diferencia y abogan por el respeto al extranjero. También esta acusación carece de fundamento. Va dirigida, por ejemplo, contra la afirmación lockeana de que «el bien público es la regla y la medida de toda legislación». […]

Las dudas liberales acerca del bien común deben entenderse en un contexto político. Las suscitó el abuso tradicional de tal concepto. Después de todo, ¿cómo justificaban los gobernadores los malos tratos que infligían a los ciudadanos particulares si no es invocando la imposición de los objetivos públicos? […]

Los liberales desconfiaban del lenguaje del bien común porque hacía probable su mal uso estratégico. Identificaban con frecuencia el “bien común” con valores peligrosos y opresivos. […]

Tomando esta idea con cautela, los liberales aprobaron, no obstante, sin matices lo que Madison denominaba «el bien público, el bienestar real del gran organismo popular». De modo análogo, Smith escribió que el gobierno debe promover activamente «el interés general del país», es decir, el beneficio del “gran organismo popular”. El derecho a la diferencia no se contradice necesariamente con la creación de una vida en común. […]

Las actitudes liberales respecto de la “virtud cívica” serán discutidas más tarde, pero merece la pena subrayar ahora un asunto previo. La tolerancia para con las diferencias honestas sobre la naturaleza del bien común implica la escasa fiabilidad o inadecuación de la virtud. En una sociedad pluralista, la voluntad de un individuo de subordinar el interés privado a lo que él ardientemente considera “el” bien común no resuelve por sí misma las controversias políticas y los problemas más urgentes de la sociedad. En efecto, las pretensiones completamente desinteresadas de hacer valer los conceptos rivales del bien común puede conducir a conflictos civiles absurda y viciosamente destructivos.

Pese a sus dudas, los liberales conservaron un concepto empático del bien común. La justicia, el autogobierno y los frutos de una coexistencia pacífica forman parte del bien común. Cierto que los disfrutan los particulares, pero conjuntamente, no atomísticamente. En tanto que pluralistas, los liberales desaconsejan el uso de la fuerza para imponer cualquier conjunto oficial de propósitos morales a la ciudadanía, sin por ello llegar a hipertolerantes. Ciertas normas morales, como la justicia, deberían imponerse políticamente. Pese a que el Estado liberal no ofrece una definición ortodoxa de la “vida buena”, como opuesto de la “vida mala”, administra una distinción obligatoria entre “buenas acciones” y “malas acciones”.

Solo quiero añadir que sería interesante vincular esta discusión sobre la “virtud cívica” con muchas de las cosas que hemos visto en la intifada egipcia y que trataremos otro día.