La ONU ante el problema del Sáhara Occidental

Por qué no resolverá la ONU el problema del Sáhara (hasta que se convierta en una crisis abierta)

Anna Theofilopoulou y Jacob Mundy

Foreing Policy / The Middle East Channel

http://mideast.foreignpolicy.com/posts/2010/08/12/why_the_un_won_t_solve_western_sahara_until_it_becomes_a_crisis

12 agosto 2010



En lo que es, posiblemente, una primicia en los principales medios de comunicación de Estados Unidos, el columnista del New York Times Nicholas Kristof señaló recientemente algunas semejanzas entre la ocupación israelí de los territorios palestinos y la anexión marroquí del Sáhara Occidental.

Es justo reconocer que existe una doble moral en Oriente Medio, una especial supervisión de los abusos israelíes. Después de todo, el mayor robo de tierra árabe en Oriente Medio no tiene nada que ver con los palestinos: es el robo marroquí del Sáhara Occidental, un territorio rico en recursos.

Y como era de esperar, el embajador de Marruecos en Estados Unidos, Aziz Mekouar, publicó una rápida réplica en la que negaba que el Sáhara Occidental hubiera sido robado. Pero la lógica del embajador fue un poco confusa. «Lejos de robar el Sáhara Occidental», argumentó Mekouar, «Marruecos ha ofrecido a la región una autonomía bajo soberanía marroquí». Que es como decir que el robo no es robo si estás dispuesto a vender a las víctimas el objeto robado a un buen precio.

Hace once años, el actual rey de Marruecos, Mohamed VI, heredó uno de los tronos más antiguos del mundo, junto con uno de los conflictos más intratables de África, el conflicto del Sáhara Occidental. Para su padre, el rey Hasan II, la captura del Sáhara Occidental a España se convirtió en una bendición y una maldición. Podría decirse que fue el mayor logro de Hasan, a pesar de lo cual el Sáhara Occidental pronto se convirtió en el mayor problema para la consolidación del estado marroquí poscolonial. Durante más de una década, Mohamed VI ha intentado encontrar una forma para resolver ese problema.

La historia inmediata de ese legado se remonta a octubre de 1975, cuando España, que había gobernado el territorio desde 1885, llegó a un acuerdo con Marruecos para evitar una guerra colonial problemática con su vecino del sur, que estaba decidido a conquistar el territorio. Con un fuerte respaldo de Francia y de la administración Reagan, Marruecos ocupó dos terceras partes del Sáhara Occidental, pero fue incapaz de aplastar al Frente Polisario, que contaba con un refugio seguro en Argelia. En 1988, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, basándose en los desarrollos de la Organización para la Unidad Africana (OUA), intervino en el conflicto, partiendo de la idea de que Hasan II y el Frente Polisario estarían dispuestos a celebrar un referéndum sobre la independencia del Sáhara Occidental o su integración en Marruecos. Se envió una misión en 1991 para supervisar el alto el fuego y organizar la votación, pero las discusiones sobre el censo se extendieron durante años antes de que fueran resueltas. En julio de 1999, la aceptación de Marruecos de un referéndum de autodeterminación llegó a su fin con la muerte del rey Hasan II.

Las posturas actuales de las dos partes y, por lo tanto, la lógica del actual estancamiento, son muy sencillas. Marruecos considera que el Sáhara Occidental es parte integrante de su territorio y, por lo tanto, exige una solución que respete su reclamación de soberanía. Esta posición descarta a priori la principal demanda de los nacionalistas del Sáhara Occidental: un referéndum sobre la independencia. La idea del Frente Polisario, que se corresponde con la legalidad internacional, es que el Sáhara Occidental es un territorio dominado bajo ocupación extranjera y que desea autodeterminarse.

Estas posiciones mutuamente excluyentes están reforzadas en el nivel regional y el internacional. Aunque Francia, el mejor aliado de Marruecos, y otros países que le apoyan, como Estados Unidos y España, no reconocen formalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, creen que una retirada forzada de Marruecos del territorio desestabilizaría a este país amigo, clave en Oriente Medio y África. El nacionalismo en el Sáhara Occidental es apoyado por el estado más poderoso de África del Norte, Argelia. La república saharaui en el exilio es reconocida por la Unión Africana como el gobierno legítimo del Sáhara Occidental. Y el Frente Polisario recibe importantes apoyos de países claves del G77 y de activistas de la sociedad civil transnacional.

Desde el año 2000, Naciones Unidas ha venido intentando encontrar una solución de equilibrio entre las dos principales aspiraciones en pugna: la soberanía y la autodeterminación. El problema principal ha sido la falta de voluntad del Consejo de Seguridad, no la escasez de soluciones innovadoras. Durante siete años, el conflicto puso a prueba la imaginación y la paciencia de James Baker, enviado personal del secretario general de la ONU al Sáhara Occidental entre 1997 y 2004. Baker perdió la confianza de Marruecos en enero de 2003, cuando propuso una solución basada en un referéndum que habría de votar entre la integración, la autonomía y la independencia. El siguiente enviado personal, el diplomático holandés Peter Van Walsum, solo duró tres años antes de ser destituido por el secretario general. Perdió la confianza del Polisario al sugerir que la opción de la independencia, aunque era aceptable según el derecho internacional, debería descartarse ya que el Consejo de Seguridad no iba a obligar a Marruecos a aceptarla o consentirla. El actual enviado de la ONU al Sáhara Occidental, el ex diplomático norteamericano Chris Ross, designado por Ban Ki-moon en enero de 2009, está intentando evitar sufrir un destino similar a sus predecesores explorando un inexistente intersticio entre Marruecos y el Polisario. Tras haber realizado varias reuniones para discutir las nuevas propuestas realizadas por las partes en 2007, no ha habido ningún avance y no está claro cuál será el siguiente movimiento de Ross.

El actual mandato del Consejo de Seguridad es encontrar una solución políticamente aceptable por ambas partes que permita la autodeterminación. Este mandato ha hecho que muchos observadores no salgan de su perplejidad. ¿Cómo pueden las partes llegar a un compromiso sobre la cuestión clave de la autodeterminación cuando la práctica descolonizadora de la ONU ha ofrecido tradicionalmente un plebiscito sobre la independencia? Marruecos rechaza la opción de la independencia y quiere que su propuesta de autonomía se acepte como base de las negociaciones, descartando por tanto la independencia. El Polisario ha expresado su disposición a hablar sobre alguna forma de compartir el poder, pero solo en el contexto de unas garantías post-referéndum (donde la independencia sigue siendo una opción). A diferencia de la reclamación genérica de autodeterminación, habitual en los conflictos étnicos o nacionalistas, la autodeterminación tiene un significado muy específico y claro en el caso del Sáhara Occidental, dado su estatus legal internacional como último territorio dependiente africano reconocido por la ONU. En cierta medida, las manos de Naciones Unidas están atadas en el Sáhara Occidental, y lo seguirán estando hasta que Marruecos acepte la opción de la independencia o hasta que el Polisario renuncie a una de sus mejores cartas.

Las partes, sin embargo, no representan el único problema. El Consejo de Seguridad es tan culpable como las partes de la actual situación de estancamiento. Las administraciones de Clinton y de George W. Bush ofrecieron apoyo retórico y material incondicional al proceso de paz de la ONU… hasta que los enviados personales necesitaron realmente que el Consejo hiciera uso de su poder. Baker y Van Walsum vieron debilitadas sus gestiones tanto por el rechazo de las partes a redefinir la soberanía y la autodeterminación, como por la negativa del Consejo de Seguridad a presionar en los momentos cruciales. En 2004, el Consejo de Seguridad se negó a enviar una señal firme a Marruecos en el sentido de que alguna forma de referéndum de autodeterminación sería necesaria para la paz y, en su lugar, apoyó una indefinida solución política mutuamente aceptable. En 2008, el Consejo de Seguridad se negó a apoyar a Van Walsum cuando llegó a la conclusión de que la opción de la independencia tenía que ser suspendida. El Consejo ha pedido a los enviados personales que obren milagros, pero se ha negado a reconocer que tiene la varita mágica del elogio y la censura.

Con Ban Ki-moon, el secretariado de la ONU no parece reconocer, o no tiene la voluntad de admitir, las difíciles decisiones con que se enfrenta la ONU en el Sáhara Occidental. En diciembre de 1995, Butros Ghali admitió en el Consejo que las diferencias entre las partes eran irreconciliables y sorprendió a todos reconociendo que no creía que el referéndum pudiera realizarse alguna vez. Entendía que solo había realmente tres opciones sobre la mesa: imponer a las partes una solución, retirarse o seguir presionando en favor de unas negociaciones. No hace falta decir que el Consejo de Seguridad eligió esta última opción. Para la administración Obama, estas opciones siguen siendo fundamentalmente las mismas y con unas perspectivas sombrías.

Ningún miembro del Consejo está dispuesto a imponer a Marruecos la autodeterminación del Sáhara Occidental. Francia podría vetar tal intento, Estados Unidos y Gran Bretaña se opondrían más sutilmente, y Rusia y China se resistirían por sus propios intereses. Además, un referéndum sin un acuerdo negociado sobre el estatus final podría convertirse en una catástrofe humanitaria si una de las partes se negara a reconocer los resultados. Naciones Unidas ha aprendido esta lección en el conflicto de Timor Este, cuando las fuerzas indonesias se negaron violentamente a reconocer su independencia, provocando que el Consejo de Seguridad interviniera con desgana enviando una misión pacificadora. Si sucediera algo parecido en la lucha por la independencia del sur de Sudán en 2011, las perspectivas de un referéndum en el Sáhara Occidental serían aún más sombrías. Además, está la cuestión de si los 300.000 saharauis, casi la mitad de los cuales han vivido como refugiados en Argelia desde 1976, extremadamente dependientes de la ayuda internacional, pueden construir un estado estable en un territorio del tamaño de Gran Bretaña. El Polisario y sus partidarios tienen que convencer al P-5 que la independencia traerá la paz y no la inestabilidad.

El reconocimiento unilateral de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental por parte de Estados Unidos, algo que parecía una posibilidad en los últimos años de la administración de George W. Bush, sería igualmente infructuoso. Eso iría en contra del derecho internacional y no cambiaría las actitudes de Argelia, la Unión Africana y las redes de solidaridad internacional, que apoyan la autodeterminación. Más importante aún es que no afectaría al movimiento nacionalista saharaui, que es bastante inmune al apoyo hipócrita de Washington a la autodeterminación, apoyándola en el caso de la secesión de Sudán del Sur y de Kosovo, y oponiéndose a ella en casos de descolonización como los del Sáhara Occidental y Timor Oriental. De hecho, el reconocimiento formal de las pretensiones de Marruecos podría convencer a muchos saharauis de que el único camino para alcanzar sus derechos nacionales es el empleo de métodos violentos. Marruecos y sus amigos tendrían que explicar de forma coherente cómo la imposición unilateral de una autonomía podría proporcionar una paz duradera.

La única persona que, aparentemente, se tomó en serio la segunda opción [la retirada de la ONU del proceso] fue John Bolton, durante su breve mandato como representante de Estados Unidos en la ONU. La retirada del Consejo de Seguridad podría tomar una de las dos formas siguientes: o bien una suspensión de los esfuerzos diplomáticos, o bien una retirada completa de la misión del referéndum de la ONU y de las fuerzas de paz. Combinada con presiones en la trastienda sobre ambas partes para que lleguen a un compromiso, la opción más suave podría indicarles que ha llegado el momento en que la comunidad internacional se retire y que ellos empiecen a hablar entre sí. Una retirada completa de la misión de la ONU parece improbable, ya que sería muy controvertida; significaría la indiferencia internacional ante un renovado enfrentamiento armado entre Marruecos y el Polisario.

Por lo tanto, se impone la tercera opción [presionar en favor de unas negociaciones], tras descartar las otras dos. Hasta que el Sáhara Occidental no se convierta en una crisis abierta, bien por casualidad o por elección, la mediación sin fin parece algo seguro porque no altera fundamentalmente la ecuación. Pero esto es, precisamente, el problema del Sáhara Occidental. La ONU sigue haciendo lo mismo y esperando obtener resultados diferentes.


Anna Theofilopoulou es ex funcionaria de la ONU y cubrió el conflicto del Sáhara Occidental entre 1994 y 2006. Fue miembro del equipo negociador de James Baker. Jacob Mundy es candidato al doctorado en el Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Exeter. Es coautor de Western Sahara: War, Nationalism and Conflict Irresolution.

Traducción: Javier Villate