Zaya Yeebo

Publicado originalmente en: Selective Justice at the International Criminal Court, Counterpunch, 10/02/2012

Una vez más, el centro de atención está en África. Cuatro kenianos —tres líderes políticos y un periodista— han sido condenados por la Corte Penal Internacional (CPI). Una vez más, la pregunta que nunca ha sido contestada es: ¿por qué África? ¿Y por qué esta rapidez? En las partes anglosajonas del mundo, algunos líderes son tratados con gran indulgencia cuando cometen ‘crímenes contra la humanidad’. Otros, como el ex primer ministro británico Tony Blair y el expresidente de EEUU George Bush, van a escribir sus memorias defendiendo sus abusos del derecho internacional.

Pongamos esto en contexto. En Costa de Marfil, el expresidente Laurent Gbagbo fue secuestrado (palabras utilizadas por Jerry John Rawlings, expresidente de Ghana) a medianoche y trasladado a La Haya. En mi opinión, sus crímenes son desconocidos salvo para los franceses y sus adversarios marfileños. Charles Taylor (Liberia) sigue encarcelado en La Haya. Ahora nos hemos enterado de que el expresidente de Liberia pudo haber sido agente de la CIA. Así que podemos explicarnos por qué a EEUU le gustaría verlo en La Haya. Sabe demasiado. En el caso de Libia, el coronel Muamar Gadafi y sus hijos fueron condenados incluso antes de que la CPI pudiera determinar si habían cometido crímenes ‘contra la humanidad’. Otros africanos de la República Democrática del Congo están también enfrentando cargos en La Haya. En Sudán, el jefe de estado en funciones, el presidente Omar Bachir, también ha sido condenado. La cola de africanos que esperan ser condenados por esta corte internacional es interminable.

No obstante, una simple mirada al mundo nos muestra muchos otros crímenes cometidos contra ciudadanos ordinarios, desde Palestina a Afganistán, a Libia y, por supuesto, Irak. ¿Quiénes son responsables de estos crímenes? ¿Estamos sugiriendo que las vidas de niños y mujeres iraquíes, libios y palestinos no importan? ¿Cómo es que nadie ha sido llevado ante ese magno tribunal de justicia de La Haya por esos crímenes?

Esto plantea serias cuestiones sobre la justicia selectiva y la doble moral del sistema internacional de justicia, que se aplica selectivamente a África y, especialmente, a los líderes africanos por parte de la llamada ‘comunidad internacional’. No me queda más remedio que concluir que la CPI se ha convertido en un vehículo de defensa de los intereses neocoloniales en África, que los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU pueden manejar a su antojo. Todavía más preocupante es que la CPI se haya convertido en una herramienta en manos de una elite y unos políticos africanos corruptos que luchan por el pastel nacional. Todo lo que se necesita es convencer a la denominada comunidad internacional de que el/su oponente debe ser enviado a La Haya. Me permito sugerir con toda seriedad que se han cometido graves crímenes contra la humanidad en Libia por parte de las fuerzas de la OTAN y por ambas partes en la crisis poselectoral de Costa de Marfil. Pero aún no hemos visto ninguna iniciativa en ese frente. El trabajo de la CPI tendrá sentido, y se hará justicia realmente, si los líderes que autorizaron el bombardeo de Trípoli, bajo la armadura de la resolución de la ONU, también reciben el mismo trato que supuestamente van a afrontar los kenianos.

En el caso de Kenia, los hechos deberían separarse de la paja. Hubo una violencia poselectoral en la que murieron más de mil ciudadanos, algunos en condiciones espantosas. Alguien o algunos grupos son responsables de esto. Como es habitual, la comunidad internacional, y unos excéntricos dirigentes kenianos, abdicaron de la responsabilidad para castigar a los responsables ante una horda de expertos internacionales y relatores de la ONU equipados con extensos informes.

Tal vez, estas personas hicieron algo bueno, pero estos informes están acumulando polvo mientras toda la atención se centra en las payasadas del fiscal jefe de la CPI, Luis Moreno Ocampo. El hombre cree que es ahora una celebridad en Kenia. Los kenianos me aman, se dice que ha dicho. En segundo lugar, la clase gobernante keniana no supo establecer un tribunal para abordar los casos de violencia poselectoral y de injusticias históricas, lo cual ha fomentado el sentimiento entre los kenianos de que la CPI es el único camino viable para buscar justicia. En tercer lugar, la elite de Kenia, especialmente la de la sociedad civil, parece unida en su idea de que, para acabar con la ‘impunidad’, es necesaria la intervención de algún ‘caballero con armadura’ extranjero que descienda sobre Kenia para expulsar a los malos (los líderes que son responsables de la impunidad). En mi opinión, la impunidad está profundamente arraigada en África, y hay que abordar sus causas históricas y estructurales. La impunidad tiene raíces coloniales y neocoloniales. La CPI solo puede tratar con los síntomas.

En Kenia, el debate sobre la CPI, como la mayoría de los debates, se ha convertido en el paraíso de los abogados, donde la gente habla del ‘estatuto de Roma’ y palabras similares con arrogante temeridad y autosatisfacción. El hecho de que algunos estados africanos firmaran el Tratado de Roma no está en duda, pero por buenas razones. Otros lo rechazaron. Pero esto no constituye un juramento de sangre al que estamos obligados de por vida, como sugieren los interesados en juju en las películas de Nollywood.

El debate sobre la justicia para las víctimas de la violencia poselectoral en Kenia parece haberse limitado a unos pocos activistas. Las personas desplazadas por esa violencia en Kenia siguen viviendo en campamentos IDP (refugiados y desplazados internos). A las mujeres que sufrieron abusos no se les ha ofrecido asesoramiento ni compensaciones económicas ni apoyo para abordar las consecuencias de los abusos. Los niños de familias IDPs no están recibiendo una educación primaria de calidad, pues sus familias están en continuo movimiento y carecen de estabilidad. Kenia no ha curado aún sus heridas, pues la elite gobernante y la llamada comunidad internacional siguen sumergidos en inútiles y a veces interminables debates sobre la ‘impunidad’ y el CPI. Las organizaciones no-gubernamentales y la sociedad civil se han visto atrapadas en este laberinto, y algunas buscan publicidad para ellas mismas a expensas de una justicia real para las víctimas. Jugar en la arena internacional se ha convertido en la última meta en Nairobi. ¿Quién habla en favor de los IDPs? ¿Quién habla en favor de las mujeres que sufrieron abusos?

Esto me recuerda a Sierra Leona. Cuando visité Freetown después de la guerra civil, se hablaba mucho sobre ‘impunidad’ y justicia, tal como oímos hoy. El Tribunal de la ONU para Sierra Leona se estableció en un enorme complejo de Freetown, como un centro de justicia para tratar cuestiones relacionadas con los denominados perpetradores de la guerra civil. Nada sobre las víctimas. Estaba repleto de jóvenes abogados europeos y norteamericanos reclutados como ‘investigadores’, con sus bonitos ordenadores portátiles y teléfonos móviles. Todo estaba listo para hacer justicia. En la carretera había un campamento de mutilados, donde estos, las víctimas reales de la salvaje guerra civil, vivían en una inimaginable y abyecta miseria. Así, me pregunté: ¿dónde está nuestro sentido de las prioridades? ¿Estamos condenando a los vivos, por muy jóvenes que sean, a una vida de penurias, para que algunos líderes octogenarios sean llevados ante los tribunales? ¿Con qué propósito? Se han gastado millones de dólares en esta ilusoria justicia, mientras los jóvenes víctimas de la guerra civil —excombatientes y sus familias— han sido abandonados por el mismo sistema internacional que ha robado sus diamantes a Sierra Leona. ¿Es este el sentido africano de la justicia? Muchos sierraleoneses y otros africanos occidentales han tenido la misma inquietud. Solo hemos podido mover la cabeza con incredulidad. En el caso de Sierra Leona, la mayoría de los denominados perpetradores han muerto en la cárcel esperando sus juicios.

En mi opinión, Kenia va en la misma dirección. El reclamo de justicia social para las víctimas ha ido a parar al basurero de la historia, mientras la gente busca venganza y saldar pequeñas cuentas pendientes de carácter político y de otras clases. Son los kenianos quienes tienen que decidir si los cuatro individuos condenados merecen ser condenados por el CPI o no. Pero algunos de nosotros nunca lo sabremos, ya que solo aquellos con voz y acceso a los medios de comunicación de Kenia, que están dominados por los grandes intereses, y quienes piden o apoyan la marginación de África y los abusos de los líderes africanos en el sistema internacional, son escuchados. Pero sería vulgar y ahistórico separar lo que les está pasando a los cuatro kenianos. Es parte de un juego más amplio del ratón y el gato consistente en humillar a los líderes africanos, sirviendo, así, a los intereses imperialistas globales de algunos países y justificando su saqueo permanente del continente y de sus recursos, un juego en el que África siempre ha salido perdedora.

En el caso de los cuatro kenianos, no puedo dejar de sentir que esto tiene más que ver con las inminentes elecciones (2012 o 2013) que con la justicia para las víctimas. Algunos miembros de la comunidad internacional y sus secuaces han sugerido que algunos grupos étnicos deberían ser dejados de lado. Una propuesta peligrosa para un país que quiere construir una sociedad cohesionada.

En una contribución en PAMBAZUKA NEWS el año pasado, sugerí que un conciliábulo de intereses panafricanos e imperialistas están combinando sus fuerzas para desestabilizar África. Esto es una continuación de aquel debate. La idea de enviar a los cuatro kenianos a unirse al ya elevado número de acusados de La Haya es, de algún modo, la mejor forma de hacer una justicia que no me atrae en absoluto. Mi postura sería la misma si estos cuatro fueran libios, nigerianos, ghaneses o ugandeses. Creo que África ha alcanzado la madurez para resolver sus propios problemas. Ni el Reino Unido ni los gobiernos británicos someterán a sus ciudadanos, sobre todo a sus jóvenes, inteligentes y comprometidos políticos, al tipo de humillación al que van a ser sometidos los cuatro kenianos en nombre de la lucha contra la impunidad.

La CPI ha demostrado una y otra vez que está en deuda con los países que ni siquiera son miembros del Tratado de Roma (por ejemplo, EEUU, como en el caso del presidente Charles Taylor). Ocampo ha demostrado que es antiafricano, que su único interés es perseguir y condenar africanos porque, en este proceso, nos hemos vuelto vulnerables. Este mismo tribunal que reconoce que hay países africanos firmantes del tratado, ignora la voz de la Unión Africana (UA), de aquellos que hemos elegido para representar nuestros intereses como africanos. ¿Ignorará la CPI a los líderes de Francia, Reino Unido, Unión Europea y EEUU? La CPI ha ignorado a la UA en el caso de Sudán y ha ignorado las súplicas del vicepresidente de Kenia, que tenía el apoyo de la mayoría de los líderes africanos progresistas de la UA. Esto subyace en la actitud despectiva que los dirigentes intermedios de las organizaciones internacionales hacia los líderes africanos. ¿Por qué permitimos que esto suceda?

En el caso de Kenia, aún más preocupante son los efectos de este proceso en la psicología nacional. Desestabiliza el país, crea una ansiedad innecesaria y alimenta rumores peligrosos. Los kenianos necesitan dar por terminada la violencia poselectoral si quieren construir una sociedad cohesionada y progresista basada en la constitución de 2010. Se supone que los intelectuales han de conducir este proceso, pero eso no está funcionando, pues carecen de ideas y claridad. Los ‘derechos humanos’ son considerados como algo libre de valores, sin fundamentos ideológicos. El debate sobre la transición política en Kenia está siendo marginado y parece moribundo, mientras el país se inquieta y está en ascuas a la espera de las decisiones de la CPI. En Kenia, la CPI ha sido magnificada y su fiscal es considerado como un dios. Las voces disidentes están silenciadas o vistas como irrelevantes en este debate.

Sin embargo, es importante que los africanos se den cuenta de que no hay alternativa a la construcción nacional y a los procesos locales. Ni EEUU ni Francia renunciarán a sus tremendas responsabilidades ante una corte extranjera, ni someterán a toda la nación a una ansiedad tan innecesaria. Los africanos deben tener el coraje y la firme creencia en nuestra capacidad para cambiar el continente, hacer frente a los abusos y hacer justicia en nuestros propios términos. En mi opinión, la CPI siempre será una institución controlada por los imperialistas, creada para contener a las fuerzas del progreso, mientras debilita a las instituciones africanas y nuestra capacidad de hacer frente a las fuerzas reaccionarias y a la ‘impunidad’. Ya es hora de que los líderes africanos asuman su responsabilidad y no entreguen el continente a los ‘jueces’ sin rostro del sistema internacional.


Zaya Yeebo es director de programas en Amkeni wa Kenya.

Traducción: Javier Villate