Abdinur Mohamud
Publicado originalmente en: The Balkanization of Somalia, Foreign Policy in Focus, 29/09/2011

La política estadounidense de doble vía
Desde que retiró las tropas de Somalia en 1993, EEUU ha mantenido una política de no intervención, utilizando a menudo a los señores locales de la guerra como apoderados para mejorar la seguridad y la inteligencia contra los extremistas religiosos. Esto fue parte de la política global de EEUU de “guerra contra el terror”. Con el visible fracaso en el intento de detener la expansión de los extremistas religiosos por Somalia, compuestos por elementos extranjeros procedentes de las guerras de Irak y Afganistán, EEUU ha retirado lentamente su apoyo al Gobierno Federal de Transición (GFT). En lugar de fortalecer el gobierno legítimo de Somalia, internacionalmente reconocido, con el fin de establecer las instituciones políticas, económicas, militares y sociales necesarias y la infraestructura de gobierno, EEUU ha adoptado lo que ha llamado “política de doble vía”. Mientras ayuda a la administración central, EEUU está plantando al mismo tiempo las semillas que han de fomentar el surgimiento de administraciones locales y regionales cuasi-independientes dentro y fuera del gobierno.
Los críticos argumentan que a esta política le falta una tercera vía para producir el resultado deseado de una Somalia más fuerte y unificada. Otros sostienen que la política en cuestión es una culminación de ideas recicladas, como el llamado enfoque de bloques de construcción que reconoce a Somalia como entidades independientes múltiples que se autogobiernan, en lugar de un único estado. Cualquiera que sea su objetivo final, la política estadounidense ha alentado la formación de autoridades regionales basadas en clanes, creando a menudo subregiones dentro de una región reconocida y posicionándolas ostensiblemente para obtener apoyo financiero y repartir el poder.
Si Somalia se convirtiera en un estado federal como Nigeria, por ejemplo, la relación centro-periferia tendría que consolidar regiones socialmente estables y diversas. Generalmente, muchos somalíes prefieren un estado unitario descentralizado, mientras que otros creen que es más adecuado un sistema federal consistente de norte y sur. Otros proponen un sistema federal compuesto por las ocho regiones originales de 1960 o las 18 regiones existentes durante el régimen militar, por considerarlo más práctico que el actual caos de administraciones regionales de base étnica. Sin embargo, otros creen que una combinación de las ocho regiones de 1960 en cuatro entidades territoriales más grandes que aseguren la diversidad, la estabilidad y el acceso al mar podrían ser los componentes regionales ideales de un sistema federal capaz de sostener una fuerte administración central que pueda proyectar poder nacional, soberanía y prestigio. Por otra parte, un gobierno central más débil, con administraciones regionales más fuertes pero erráticas (como las que han promovido entre bambalinas algunos actores regionales e internacionales), conducirá, sin duda, a nuevas rivalidades regionales y conflictos entre clanes que podrían dar continuidad al actual conflicto y al sufrimiento humano.
El enfoque de abajo arriba de la política de doble vía habría funcionado mejor si hubiera animado al GFT a mejorar el desarrollo de las administraciones regionales legítimas, de acuerdo con la constitución somalí, estableciendo claras demarcaciones que reconozcan la diversidad de los clanes dentro de cada región. Sin embargo, imperceptiblemente la política de doble vía ha promovido la creación de docenas de administraciones regionales, algunas con un control real de territorio y población, otras funcionando como estados regionales imaginarios gobernados desde el exterior.
Más de 20 “presidentes” de las llamadas administraciones regionales emergentes han sido catapultados a la escena nacional por la comunidad internacional en una conferencia celebrada en Nairobi (Kenia), socavando y debilitando la administración central y complicando, así, el complejo laberinto internacional que es, de hecho, Somalia. La proliferación de administraciones regionales y la marginación de la administración central por parte de la comunidad internacional son claras amenazas para la soberanía y la integridad territorial de Somalia.
Como una muestra de los efectos de la política norteamericana, el gobierno danés está comprometido con la edificación de una escuela de enseñanza primaria en Mogadiscio, sorteando al GFT y tratando directamente con la comunidad local, con el AMISOM como agente fiscal e interlocutor local. Esto demuestra claramente el respaldo que los miembros de la comunidad internacional están dando a la política de EEUU.
Estados Unidos, la ONU y los gobiernos regionales de Somalia están gestionando silenciosamente lo que podría denominarse un fideicomiso, sin las necesarias obligaciones de asumir la plena responsabilidad de lo que vaya mal en sus políticas, incluyendo la extensión del extremismo, la piratería, la hambruna y los otros males sociales que están impidiendo la paz y la seguridad en la región. A medida que estos actores internacionales siguen minando sigilosamente la soberanía y la integridad territorial de Somalia, los intelectuales somalíes observan impotentes cómo su país se desvanece poco a poco del mapa.
El acuerdo de Kampala
La firma del Acuerdo de Kampala, que dio por concluido el punto muerto existente entre el gobierno y el presidente del parlamento somalí, presagió la reacción indignada y las críticas procedentes de muchos rincones de la diáspora somalí, sobre todo de una comunidad intelectual perpleja por la potencial pérdida de soberanía nacional e integridad territorial. La ONU ha reconocido, de hecho, la soberanía y la integridad territorial de Somalia como estado miembro, aunque las relaciones prácticas de la ONU y la comunidad internacional con Somalia indiquen lo contrario. La preocupación se debe, principalmente, a la siguiente cláusula del acuerdo:
Los Jefes de Estado de la Región (IGAD y EAC) [Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo y Comunidad Africana Oriental] constituirán una Oficina Política con participación de la ONU (UNPOS) [Oficina Política de Naciones Unidas para Somalia] y la Unión Africana (UA), similar a la Iniciativa Regional de Burundi. La Oficina supervisará y vigilará el cumplimiento de las instituciones federales de transición con los puntos de referencia y plazos acordados para implementar las tareas de transición y desarrollar el Proceso de Paz somalí.
Los somalíes preocupados argumentaron correctamente que el Acuerdo de Kampala dejaba a Somalia al borde del precipicio con un cuasi-fideicomiso de la ONU, cuya autoridad supervisora sustituye de hecho a la constitución.
Con el Acuerdo de Kampala, la política de doble vía de EEUU y la multitud de gobiernos regionales semiindependientes que han brotado por toda Somalia, la soberanía nacional solo existe en el papel. Para recuperarla, los somalíes, y solo los somalíes, deben reconocer que su destino está entrelazado y que romper esa conjunción haría de los somalíes presas fáciles para depredadores egoístas.
El lamentable estado de Somalia puede ser revertido si el pueblo somalí afronta la realidad de que su nación está peor hoy que cuando se liberó del colonialismo hace 51 años, y que esto es su responsabilidad y de nadie más. En los albores del siglo XXI, cuando los avances tecnológicos en ciencias, tecnología y medicina están creando milagros, los bebés y niños somalíes están muriendo de enfermedades tan conocidas como la poliomielitis, la desnutrición, la malaria y otras. La política de clanes, basada en la ignorancia y en un juego de suma cero, sigue destruyendo el tejido político, económico y social del estado y de las propias comunidades. Rivalidades políticas interminables, principalmente por los escasos recursos naturales y el poder, son la causa de la actual violencia, la inestabilidad y el conflicto entre comunidades que podrían haber sido vecinos pacíficos. Los actores externos que se inmiscuyeron en los asuntos de Somalia solo llegaron a petición de unos somalíes que pretendían imponerse políticamente a otros, y cuyas ganancias políticas a corto plazo parecen justificar los perjuicios nacionales a largo plazo. Si los somalíes se unieran y reconocieran su destino común compartido, sería difícil que los actores extranjeros siguieran con sus negocios.
La política de doble vía puede servir a los intereses de seguridad de EEUU en Somalia a corto plazo, pero está ayudando imperceptiblemente al retorno de los señores de la guerra y de los regionalismos étnicos, más letales a largo plazo para la estabilidad y la paz global. Cuanto antes se dé cuenta de esto la administración Obama, mejor para todos.
Abdinur Mohamud es exministro de Educación de Somalia y colaborador de Foreign Policy in Focus. En la actualidad, trabaja y vive en Columbus, Ohio.
Traducción: Javier Villate








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