Patrick Cockburn

Publicado originalmente en: The Demonization of Gaddafi, Counterpunch, 27/06/2011

Este artículo de Patrick Cockburn es de obligada lectura para toda aquella persona interesada en lo que sucede en Libia. Por mi parte, ya he insistido en que en Libia nada es lo que parece. En las últimas semanas, los medios que han venido ensalzando a los rebeldes han publicado varias informaciones que arrojan sombras sobre ellos y cuestionan varios presupuestos de quienes gustan de luchas entre buenos y malos. Ahora resulta que los rebeldes también ha cometido atrocidades. En www.obamaslibya.com hay varios vídeos sobre algunas de esas supuestas atrocidades de los rebeldes. Advierto que son las imágenes más duras que he visto jamás, expresión del grado de crueldad del que es capaz el ser humano. No sé si lo que estos vídeos denuncian son atrocidades cometidas por los rebeldes. Que cada cual juzgue.

En los primeros meses de la primavera árabe, los periodistas extranjeros recibieron un bien merecido crédito por ayudar a fomentar y dar a conocer los levantamientos populares contra los déspotas de la región. Los canales de TV por satélite como Al Yazira pusieron de relieve las raíces del poder en los estados policiales árabes, haciendo que la censura oficial fuera algo inútil y compitiendo con éxito con la propaganda gubernamental.

Los regímenes amenazados por el cambio expulsaron de sus países a los corresponsales extranjeros y les negaron los visados para volver a entrar. Cuando intenté visitar Yemen a comienzos de este año, me dijeron que no solo no había ninguna posibilidad de que me concedieran un visado de periodista, sino que los verdaderos turistas —sorprendentemente, hay un goteo de personas que quieren ver las maravillas de Yemen— estaban siendo devueltos al aeropuerto de Saná ante la duda de que fueran periodistas encubiertos. El gobierno de Bahréin ha empleado un truco aún más perverso: dar un visado a un periodista en una embajada de Bahréin en el extranjero y negarle la entrada después de que el avión ha aterrizado en el país.

Ha hecho falta tiempo para que esta política de casi total exclusión se afiance, pero en la actualidad la información periodística sobre Siria, Yemen y, en menor medida, Bahréin es obtenida normalmente de forma remota, a través de vídeos de teléfonos móviles de manifestaciones y revueltas que no pueden ser verificados.

A principios de año estuve en Teherán y no pude ver ninguna manifestación en el centro de la ciudad, aunque había mucha policía antidisturbios. Así que tuve que contentarme con conseguir un vídeo en YouTube con fecha de 27 de febrero, si la memoria no me falla, en el que se veía una manifestación violenta. Luego me di cuenta de que los manifestantes que aparecían en el vídeo vestían solo camisetas, a pesar de que el tiempo era lluvioso y frío en Teherán y los hombres que pude ver en las calles llevaban chaquetas.

Al parecer, alguien había cambiado la fecha del vídeo, tomado en el verano de 2009, cuando hubo continuos disturbios.

Con tantos países fuera de su alcance, los periodistas se han congregado en Bengasi, Libia, a donde puede llegarse desde Egipto sin necesidad de visado. Alternativamente, van a Trípoli, donde el gobierno permite que un grupo de periodistas cuidadosamente controlado funcione bajo una estricta supervisión. Tras llegar a estas dos ciudades, las formas en que informan los periodistas son claramente divergentes. Todos los que informan desde Trípoli expresan un comprensible escepticismo sobre lo que los escoltas del gobierno les enseñan, se trate de víctimas civiles causadas por ataques aéreos de la OTAN o de manifestaciones de apoyo a Gadafi. Por el contrario, la prensa extranjera en Bengasi, capital del territorio controlado por los rebeldes, muestra una credulidad sorprendente hacia las historias, más sutiles pero igualmente tendenciosas, del gobierno rebelde o de sus simpatizantes.

Desde que comenzó el levantamiento libio el 15 de febrero, los medios extranjeros han regurgitado historias de atrocidades cometidas por las fuerzas de Gadafi. Ahora sabemos que respetables organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch no han podido encontrar pruebas de muchas de estas atrocidades. Por ejemplo, no pudieron encontraron testigos fiables de las violaciones masivas que se dice que habían sido ordenadas por Gadafi. Los mercenarios extranjeros supuestamente reclutados por Gadafi y mostrados a la prensa fueron silenciosamente liberados más tarde, pues resultó que eran trabajadores indocumentados procedentes de África central y occidental.

Los crímenes de los que hay pruebas contra Gadafi son más prosaicos, tratándose de bombardeos de civiles en Misrata que no pudieron escapar. Hay también pruebas de disparos contra manifestantes desarmados y personas reunidas en funerales al comienzo de la rebelión. Amnistía Internacional estima que en Bengasi hay muerto unas 100-110 personas y 59-64 en Baida, aunque advierte que algunos de estos muertos podrían ser simpatizantes del gobierno.

Los insurgentes libios quisieron tratar con la prensa desde el primer momento y emplearon una habilidosa propaganda para culpar a los gadafistas de ciertas muertes. Una historia, a la que los medios de comunicación extranjeros dieron crédito desde el primer momento, decía que entre ocho y diez soldados del gobierno que se negaron a disparar contra los manifestantes fueron ejecutados por sus superiores. Sus cuerpos fueron mostrados en televisión. Pero Donatella Rovera, una experta asesora de Amnistía Internacional en situaciones de crisis, ha dicho que hay evidencias sólidas para una explicación diferente. Ha dicho que el vídeo del aficionado los muestra vivos después de que fueran capturados, sugiriendo que fueron los rebeldes quienes los mataron.

Es una debilidad de los periodistas dar amplia difusión a las atrocidades, aunque las evidencias de las mismas no sean muy sólidas. Pero cuando las historias resultan ser falsas o exageradas, no suelen reconocerlo.

El caso es que las historias de atrocidades desarrollan una vida propia y tienen reales, y a veces fatales, consecuencias mucho después de que su credibilidad se haya desinflado. A comienzos de este año, estuve hablando en Bengasi con algunos refugiados, en su mayoría trabajadores de la industria petrolera de Brega, un puerto petrolero del Golfo de Sirte que había sido capturado por las fuerzas de Gadafi. Una de las razones por las que huyeron fue que creían que sus esposas e hijas corrían peligro de ser violadas por mercenarios extranjeros. Se enteraron de esta amenaza a través de la TV por satélite.

Es de alabar que Amnistía Internacional y Human Rights Watch hayan tomado una actitud escéptica hacia los relatos de atrocidades hasta que puedan ser probados. Esta actitud responsable contrasta con la adoptada por Hillary Clinton y el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno-Ocampo, que han sugerido alegremente que Gadafi estaba utilizando la violación como un arma de guerra para castigar a los rebeldes. Igualmente irresponsable sería que la CPI decidiera perseguir a Gadafi y a sus lugartenientes, haciendo, así, que sea mucho menos probable que Gadafi abandone el poder sin luchar hasta el final. Esta demonización sistemática de Gadafi —un déspota brutal, pero no un monstruo como Sadam Husein— dificulta, además, negociar un alto el fuego con él, aunque es el único que puede ofrecerlo.

No hay nada especialmente sorprendente en el hecho de que los rebeldes de Bengasi inventen cosas o presenten testigos dudosos de los crímenes de Gadafi. Están librando una guerra contra un déspota al que temen y odian, y utilizan comprensiblemente la propaganda como un arma de guerra. Pero es ingenuo, por parte de los medios de comunicación extranjeros, que simpatizan con los rebeldes casi en su totalidad, que se traguen el anzuelo de tantas supuestas atrocidades con que los rebeldes alimentan su sed de información.


Patrick Cockburn es el autor de Muqtada: Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq.

Traducción: Javier Villate